escribiendopesadillasMUESTRA DE LECTURA

MARCOS CARO MORENO / MIS DOS PESADILLAS

PARTE I · CAPÍTULO 1

El deseo de desaparecer

Todo empieza cuando ya no quieres seguir

Siempre había deseado morir. No era una idea fugaz ni una consecuencia de un mal día. Era una presencia constante, como una bruma silenciosa al despertar, como una melodía de fondo que no se podía apagar.

Desde la adolescencia, ese deseo de desaparecer habitaba en él, sin dramatismo, sin lágrimas ni cartas de despedida. Solo la certeza serena de que no estar sería preferible a estar.

Cada día era una repetición disimulada; las sonrisas eran mecánicas y las palabras medidas. Sabía lo que debía decir y cómo debía decirlo para encajar.

Había aprendido pronto que mostrar su interior no era una opción; o no le comprendían o directamente se alejaban. Así que fabricó una versión de sí mismo que pudiera navegar por el mundo sin sobresaltos.

Su vida exterior parecía ordenada: daba clases como profesor adjunto de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, corregía trabajos y guiaba a sus alumnos en debates filosóficos sobre qué significa ser una buena persona o hasta dónde sacrificarse por los demás.

Como adjunto, su horario cambiaba cada semana; alternaba clases, tutorías y horas de investigación en un proyecto de la universidad sobre los viajes espaciales dentro del marco filosófico y psicológico. Sobre todo, se centraba en cómo curar los traumas generados por un viaje intergeneracional de años… o siglos tal vez.

Aquel martes algo fue diferente. La tarde anterior había estado en el hospital para una nueva tanda de pruebas y tratamientos. No era la primera visita; hacía semanas que las revisiones formaban parte de su rutina.

Llegó tarde a casa, agotado, y a la mañana siguiente se levantó antes de que sonara el despertador, con la extraña sensación de no pertenecer del todo al lugar que habitaba.

Caminó por la casa como un autómata, se vistió sin pensar y desayunó sin hambre, no recordaba haber mirado por la ventana en semanas, pero ese día lo hizo.

La luz entraba tímida, empujada por un cielo sucio y gris. Aun así, algo en ese instante —una quietud amable— hacía que el mundo no le exigiera nada. Por primera vez, no sintió ganas de morir; algo sutil, casi imperceptible. No fue un despertar trascendental ni una revelación milagrosa, simplemente… no deseó morir. Y en ese vacío, en esa ausencia de impulso autodestructivo, se abrió paso una emoción desconocida: la esperanza.

—¿Esperanza? —no sabía qué hacer con ella.

Hasta entonces, la idea del suicidio había sido una red de seguridad, no como un plan real, sino como un consuelo silencioso:

Si todo se vuelve insoportable, siempre puedo irme.

Ahora, sin ese pensamiento de fondo, el mundo parecía más amplio, más lleno, pero también más incierto. Ese pequeño cambio removió los cimientos de su mundo interior.

Había sostenido una identidad construida sobre el dolor y el mimetismo. Pero ahora, ese leve rayo de luz dejaba al descubierto la estructura artificial que había levantado y lo enfrentaba a algo aún más perturbador.

Quería vivir.

Querer vivir implicaba enfrentarse al hecho de que hasta entonces no había vivido realmente. Había sobrevivido, había interpretado, y en ese teatro cotidiano, había olvidado cómo era habitar su propio cuerpo sin sentir asco, sin sospechar de cada emoción, incapaz de conectar más allá de lo superficial.

Ahora que deseaba vivir, el monstruo despertaba, como si el deseo de vida llamara también al deseo de verdad.

¿Y si vivir significaba mirar de frente todo aquello que había evitado?

Recordó su adolescencia, aquel primer pensamiento claro y lúcido que lo marcó para siempre:

¿Y si pudiera hacer que todos me quisieran?

No desde la bondad, sino desde la manipulación y el control.

Había desarrollado una habilidad casi quirúrgica para leer a las personas y adaptarse a cualquier entorno: decir lo correcto, ocupar el lugar esperado, ser el hijo ideal, el amigo paciente, el compañero sincero. Con el tiempo, aquella habilidad se convirtió en una máscara y en su única verdad. Detrás de ella no había nada sólido, solo vacío y miedo; un miedo tan arraigado que apenas lo percibía: miedo a ser visto y a no gustar.

Primero fue un juego, luego una necesidad y finalmente una rutina. Ya no sabía si había algo auténtico en él, pero ahora algo se movía dentro, algo que no sabía si era redención o locura.

Salió a la calle esa mañana sin rumbo claro. Caminó entre rostros desconocidos, escuchando fragmentos de conversaciones, observando gestos, respirando un aire que, por primera vez, no le resultaba hostil.

Y pensó:

¿Cómo se empieza una vida cuando se ha fingido durante tanto tiempo?

No tenía respuestas, pero sí una certeza: ya no deseaba morir y eso lo cambiaba todo.

Volvió a pensar en las clases que le esperaban esa semana, en los trabajos por corregir y en aquel tedioso ensayo sobre los viajes espaciales que le obsesionaba. Todo seguía ahí, igual que antes; pero él ya no era el mismo.

La historia sigue.

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© Marcos Caro Moreno. Muestra del primer capítulo. El libro completo no se distribuye desde esta web.

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